¿Qué tiene la rojita que no tenga yo?
La columna de Pamela López.
Tengo un tío fanático del fútbol. Cuando digo fanático, no me refiero solamente al típico chileno que va al estadio a alentar a su equipo todos los domingos, sino más bien a un verdadero amor al deporte del balompié sin importar equipos o jugadores.
Sin ir más lejos, mi tío, que además fue kinesiólogo de diversos equipos, llegó un día a la casa con un invitado a almorzar: el DT del Fernández Vial.
Lo recibimos como si fuera una eminencia, no sabíamos muy bien exactamente cuál era el plantel del equipo, ni los colores de la camiseta, pero este señor que gustaba de la buena mesa, estaba mejor atendido que cualquier pololo que yo haya llevado a mi casa en mi época escolar. Todo iba bien y, evidentemente, la conversación solo giraba en torno al Fernández Vial, hasta que a mi mamá se le ocurrió preguntarle al invitado: ¿Usted es don Fernando Vial?
De ahí en adelante comprendí que las mujeres y el fútbol teníamos una relación un tanto delicada. La verdad es que pensé que en realidad sentirse desplazada por 22 tipos sudados que corren tras una pelota era francamente ridículo, hasta que un día sucedió lo inevitable. Me di cuenta que el fútbol era capaz de despertar en mi pareja sensaciones que yo jamás provocaría en años.
Yo no soy de esas mujeres que odien el fútbol. Muy por le contrario, pasé toda mi época escolar yendo al estadio nacional todos los domingos a alentar a mi equipo favorito. Me ponía la camiseta, sacaba mi carné de socia y me ubicaba religiosamente en la puerta 11 del lado sur a gritar y comer sándwiches de jamón palta.
Incluso, pololié con un barrista, apodado de alguna forma rara que además era un par de años más grande que yo. A mis tiernos 15 años no sólo le juré mi amor eterno sobre la camiseta, sino que además le regalé mi anillo de oro en señal de fidelidad. Al cabo de un mes, el anillo había sido vendido en treinta mil pesos que terminaron en algunas chelas y un poco de marihuana para él y sus amigos.
Como sea, aún cuando tengo mi pasado futbolero (me puse a llorar cuando me encontré con Leo Rodriguez en un restaurante) no soporto la nueva afición de mi pareja hacia el deporte de la pelota.
Pero es más que eso. Lo que no soporto, en realidad, es tener que aguantar de manera cada vez más frecuente a los amigos que vienen a ver el partido. Entre ellos, a uno en particular, que lo único que hace durante todo el partido es decirme “oye, tráeme una cerveza” con un tono mandón y sin mirarme siquiera.
No sé si me molesta que no me deje ver el partido en paz o que asuma que porque soy mujer soy la única que puede pararse del sillón a buscar una cerveza. Encuentro terrible la segregación genérica que me produce el amigote cada vez que la roja, la rojita o la rojaza, como dice Carcuro, entra en acción.
En cierto sentido, reconozco la incomodidad y los celos que me producen los partidos de fútbol. Los cuales solo se comparan, con el odio repugnante de ser la que acarrea las cervezas en los entretiempos y los alargues. Más que eso me pregunto: cuando yo vea mis seriales favoritas, ¿alguien será capaz de llevarme una coca light al sillón?
No sé si en realidad detesto al fútbol o al amigo machista, lo que si estoy segura es que la próxima vez exigiré respeto. Mal que mal, yo sí sé qué es el Fernández Vial.
Sin ir más lejos, mi tío, que además fue kinesiólogo de diversos equipos, llegó un día a la casa con un invitado a almorzar: el DT del Fernández Vial.
Lo recibimos como si fuera una eminencia, no sabíamos muy bien exactamente cuál era el plantel del equipo, ni los colores de la camiseta, pero este señor que gustaba de la buena mesa, estaba mejor atendido que cualquier pololo que yo haya llevado a mi casa en mi época escolar. Todo iba bien y, evidentemente, la conversación solo giraba en torno al Fernández Vial, hasta que a mi mamá se le ocurrió preguntarle al invitado: ¿Usted es don Fernando Vial?
De ahí en adelante comprendí que las mujeres y el fútbol teníamos una relación un tanto delicada. La verdad es que pensé que en realidad sentirse desplazada por 22 tipos sudados que corren tras una pelota era francamente ridículo, hasta que un día sucedió lo inevitable. Me di cuenta que el fútbol era capaz de despertar en mi pareja sensaciones que yo jamás provocaría en años.
Yo no soy de esas mujeres que odien el fútbol. Muy por le contrario, pasé toda mi época escolar yendo al estadio nacional todos los domingos a alentar a mi equipo favorito. Me ponía la camiseta, sacaba mi carné de socia y me ubicaba religiosamente en la puerta 11 del lado sur a gritar y comer sándwiches de jamón palta.
Incluso, pololié con un barrista, apodado de alguna forma rara que además era un par de años más grande que yo. A mis tiernos 15 años no sólo le juré mi amor eterno sobre la camiseta, sino que además le regalé mi anillo de oro en señal de fidelidad. Al cabo de un mes, el anillo había sido vendido en treinta mil pesos que terminaron en algunas chelas y un poco de marihuana para él y sus amigos.
Como sea, aún cuando tengo mi pasado futbolero (me puse a llorar cuando me encontré con Leo Rodriguez en un restaurante) no soporto la nueva afición de mi pareja hacia el deporte de la pelota.
Pero es más que eso. Lo que no soporto, en realidad, es tener que aguantar de manera cada vez más frecuente a los amigos que vienen a ver el partido. Entre ellos, a uno en particular, que lo único que hace durante todo el partido es decirme “oye, tráeme una cerveza” con un tono mandón y sin mirarme siquiera.
No sé si me molesta que no me deje ver el partido en paz o que asuma que porque soy mujer soy la única que puede pararse del sillón a buscar una cerveza. Encuentro terrible la segregación genérica que me produce el amigote cada vez que la roja, la rojita o la rojaza, como dice Carcuro, entra en acción.
En cierto sentido, reconozco la incomodidad y los celos que me producen los partidos de fútbol. Los cuales solo se comparan, con el odio repugnante de ser la que acarrea las cervezas en los entretiempos y los alargues. Más que eso me pregunto: cuando yo vea mis seriales favoritas, ¿alguien será capaz de llevarme una coca light al sillón?
No sé si en realidad detesto al fútbol o al amigo machista, lo que si estoy segura es que la próxima vez exigiré respeto. Mal que mal, yo sí sé qué es el Fernández Vial.
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Es cierto... el fútbol es
Es cierto... el fútbol es inherente al género masculino. Tenía un tío que decía: "macho que no gusta del fútbol, es maricón..." y de verdad, en algunas ocasiones, así lo he he podido ver con ciertos casos que me ha tocado conocer. Sin embargo, ustedes no se amarguen... nosotros necesitamos la pelotita, como ustedes sus teleseries. Además, debe ser una de las pocas instancias (sobretodo cuando juega la selección) en que la familia reunida frente al televisor, olvida discusiones y gritos que se generaron 1 o 2 horas antes del comienzo... rencillas que desaparecen ante un gol de nuestro nunca bien ponderado representativo nacional.
Que estés muy bien. Cuídate
Don Clavito