Algo sobre la crisis
Han existido diversas justificaciones de Dios a lo largo de la historia, pero quiero resaltar sólo una de ellas, el maniqueísmo. Este fue concebido por un autoproclamado profeta llamado Mani, Manes o Maniqueo, que vivió en el siglo III después de cris
Foto/ orianomada http://flickr.com/photos/orianomada/51723834/
Una de las complejidades principales de las religiones monoteístas ha sido justificar a Dios, un Ser infinitamente sabio, bueno y poderoso, por el mal que abunda en este mundo que él creó.
Han existido diversas justificaciones de Dios a lo largo de la historia, pero quiero resaltar sólo una de ellas, el maniqueísmo. Este fue concebido por un autoproclamado profeta llamado Mani, Manes o Maniqueo, que vivió en el siglo III después de Cristo.
Aunque fue educado en el cristianismo, Maniqueo era persa y como tal, había sido influido por la religión dualista del mazdeísmo, que creyó encontrar la respuesta frente a la existencia del mal diciendo que éste existe porque no hay un solo Dios, sino dos de igual potencia, Ormuz y Ahrimán. De Ormuz, dios de la luz, provenía todo lo bueno, de Ahrimán, dios de las tinieblas, todo lo malo.
De este modo, Maniqueo "salvaba" a Dios de toda responsabilidad por el mal en el mundo, pero al costo de negarle su omnipotencia.
De Maniqueo en adelante, sus incontables discípulos “cristianos o moros” vieron la historia como un campo de batalla entre el Bien y el Mal, atribuyéndose a sí mismos la bandera del dios "bueno" y atribuyéndoles a sus enemigos la bandera del dios "malo", a quienes obviamente “satanizaban”.
¿Qué tiene ello que ver con las crisis?
Demos ahora un brinco en el tiempo, estamos a fines de la década de los ´80, se desplomó el muro de Berlin y desde EEUU surgieron con asombrosa inmediatez voces –profusamente difundida por la ya concentrada prensa escrita mercurial- que había llegado el “Fin de las Utopías”, el “Fin del ideal Socialista”, el “Fin de la Historia”.
Nada de eso ha ocurrido. No se ha acabado la historia, los ideales y gobiernos socialistas siguen vigentes en el mundo y los seres humanos de verdad, cualquiera sea la latitud, seguimos dándoles sentido a nuestras vidas en pos de sueños, valores, ideales y utopías.
Hoy inmersos en la más severa crisis del neoliberalismo a escala planetaria, nadie ha dicho que es el “Fin del Capitalismo” –aunque en CNN un economista aprehensivo se apresuró a negarlo enfatizando que era Marx el que había muerto… y hace ya varios años, decía.
Lo cierto es que no hay que “satanizar” al mercado ni al Estado, pues ambos son imprescindibles y complementarios en el progreso de las naciones y de los pueblos. Uno distribuyendo bienes, servicios e intangibles, el otro distribuyendo justicia, uno centrado esencialmente en la satisfacción individual, el otro centrado en el bien público, uno dinamizando la iniciativa privada, el otro creando condiciones adecuadas para invertir y crecer, uno fomentando la competencia, el otro creando igualdad de oportunidades, uno tranzando cosas, el otro promoviendo ideales, uno fijando precios, el otro entregando valores, uno enfocado más en el conocimiento, el otro más en la sabiduría.
En fin, uno direccionado hacia el éxito del individuo, el otro hacia una vida más plena y feliz de la comunidad. Como se aprecia, ya no cabe maniqueísmo alguno en Chile y en el mundo.
Una de las complejidades principales de las religiones monoteístas ha sido justificar a Dios, un Ser infinitamente sabio, bueno y poderoso, por el mal que abunda en este mundo que él creó.
Han existido diversas justificaciones de Dios a lo largo de la historia, pero quiero resaltar sólo una de ellas, el maniqueísmo. Este fue concebido por un autoproclamado profeta llamado Mani, Manes o Maniqueo, que vivió en el siglo III después de Cristo.
Aunque fue educado en el cristianismo, Maniqueo era persa y como tal, había sido influido por la religión dualista del mazdeísmo, que creyó encontrar la respuesta frente a la existencia del mal diciendo que éste existe porque no hay un solo Dios, sino dos de igual potencia, Ormuz y Ahrimán. De Ormuz, dios de la luz, provenía todo lo bueno, de Ahrimán, dios de las tinieblas, todo lo malo.
De este modo, Maniqueo "salvaba" a Dios de toda responsabilidad por el mal en el mundo, pero al costo de negarle su omnipotencia.
De Maniqueo en adelante, sus incontables discípulos “cristianos o moros” vieron la historia como un campo de batalla entre el Bien y el Mal, atribuyéndose a sí mismos la bandera del dios "bueno" y atribuyéndoles a sus enemigos la bandera del dios "malo", a quienes obviamente “satanizaban”.
¿Qué tiene ello que ver con las crisis?
Demos ahora un brinco en el tiempo, estamos a fines de la década de los ´80, se desplomó el muro de Berlin y desde EEUU surgieron con asombrosa inmediatez voces –profusamente difundida por la ya concentrada prensa escrita mercurial- que había llegado el “Fin de las Utopías”, el “Fin del ideal Socialista”, el “Fin de la Historia”.
Nada de eso ha ocurrido. No se ha acabado la historia, los ideales y gobiernos socialistas siguen vigentes en el mundo y los seres humanos de verdad, cualquiera sea la latitud, seguimos dándoles sentido a nuestras vidas en pos de sueños, valores, ideales y utopías.
Hoy inmersos en la más severa crisis del neoliberalismo a escala planetaria, nadie ha dicho que es el “Fin del Capitalismo” –aunque en CNN un economista aprehensivo se apresuró a negarlo enfatizando que era Marx el que había muerto… y hace ya varios años, decía.
Lo cierto es que no hay que “satanizar” al mercado ni al Estado, pues ambos son imprescindibles y complementarios en el progreso de las naciones y de los pueblos. Uno distribuyendo bienes, servicios e intangibles, el otro distribuyendo justicia, uno centrado esencialmente en la satisfacción individual, el otro centrado en el bien público, uno dinamizando la iniciativa privada, el otro creando condiciones adecuadas para invertir y crecer, uno fomentando la competencia, el otro creando igualdad de oportunidades, uno tranzando cosas, el otro promoviendo ideales, uno fijando precios, el otro entregando valores, uno enfocado más en el conocimiento, el otro más en la sabiduría.
En fin, uno direccionado hacia el éxito del individuo, el otro hacia una vida más plena y feliz de la comunidad. Como se aprecia, ya no cabe maniqueísmo alguno en Chile y en el mundo.
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El verdadero progreso social
El verdadero progreso social no consiste en aumentar las necesidades, sino en reducirlas voluntariamente; pero para eso hace falta ser humildes.
Mahatma Gandhi.
Se me vino a la memoria con este tema de la crisis.