La crisis de los derivados
Así pudiera tipificarse la actual crisis económicas. Ello porque constituyó la raíz del problema que hoy afecta a todo el mundo, al punto de desencadenarse una recesión en las principales economías del planeta. Por Jorge Navarrete
Foto/ Michael Aston
¿Qué son los derivados?
Sabemos que algunos de los contratos, por ejemplo, protegen a los tenedores de deuda contra pérdidas en títulos hipotecarios. Pues bien, se le llama a ello derivado porque su valor "deriva" de activos como las acciones, los bonos y los commodities. Así, los derivados se crearon para reducir –en jerga de Wall Street- "cercar" o cubrirse de las pérdidas en las inversiones.
Muchos individuos poseen un derivado común, por ejemplo, el contrato de seguro de sus casas. En una escala mucho mayor, tales contratos permiten a las financieras y las corporaciones asumir riesgos más complejos que pueden evitar, por ejemplo, emitiendo más hipotecas o deuda empresaria. Además, los contratos pueden comercializarse, lo que limita aún más el riesgo pero también incrementa el número de participantes expuestos si surgen problemas.
A lo largo de toda la década de 1990 algunos sostuvieron que los derivados se habían vuelto tan amplios, entrelazados e inescrutables que debían tener supervisión. En efecto, Warren E. Buffet hace ya cinco años observó, con gran visión de futuro, que los derivados eran "armas financieras de destrucción masiva que entrañan peligros que, aunque latentes ahora, son potencialmente letales".
Pero hay más. George Soros, el destacado financista, aseveró el 2004 que evitaba utilizar los contratos financieros conocidos como derivados "porque no entendemos cómo funcionan". Y como si lo anterior no fuera suficiente, Felix G. Rohatyn, el banquero de inversión que salvó a Nueva York de la catástrofe financiera en la década de 1970, calificó a los derivados como potenciales "bombas de hidrógeno".
Sin embargo, la actitud de Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal por casi 20 años -desde 1987 (Ronald Reagan) hasta 2006 (George W. Bush)- fue siempre la misma, oponerse tenazmente cada vez que los derivados fueron objeto de un minucioso examen en el Congreso o en Wall Street, aseverando que: "Creemos que sería un error" regular más estrictamente estos contratos.
Greenspan confió ciegamente en la buena voluntad de Wall Street para autorregularse. Incluso hace pocos días enfatizaba que el problema no era que los contratos habían fallado, sino que las personas que los usaban se dejaron llevar por la codicia, y que la falta de honestidad dio lugar a la crisis.
Lo cierto es que el mercado de los derivados mueve actualmente 531 billones de dólares, mientras que en 2002 era de 106 billones. Y Greenspan contribuyó a hacer posible un ambicioso experimento estadounidense al dejar que las fuerzas del mercado operaran sin supervigilancia, sin una sola regulación, sin control. Una irresponsabilidad de marca mayor.
Ahora, EE. UU. y el mundo afronta las consecuencias. Una vez más los dogmatismos y las bajas pasiones sucumben al mundo y a la humanidad.
¿Qué son los derivados?
Sabemos que algunos de los contratos, por ejemplo, protegen a los tenedores de deuda contra pérdidas en títulos hipotecarios. Pues bien, se le llama a ello derivado porque su valor "deriva" de activos como las acciones, los bonos y los commodities. Así, los derivados se crearon para reducir –en jerga de Wall Street- "cercar" o cubrirse de las pérdidas en las inversiones.
Muchos individuos poseen un derivado común, por ejemplo, el contrato de seguro de sus casas. En una escala mucho mayor, tales contratos permiten a las financieras y las corporaciones asumir riesgos más complejos que pueden evitar, por ejemplo, emitiendo más hipotecas o deuda empresaria. Además, los contratos pueden comercializarse, lo que limita aún más el riesgo pero también incrementa el número de participantes expuestos si surgen problemas.
A lo largo de toda la década de 1990 algunos sostuvieron que los derivados se habían vuelto tan amplios, entrelazados e inescrutables que debían tener supervisión. En efecto, Warren E. Buffet hace ya cinco años observó, con gran visión de futuro, que los derivados eran "armas financieras de destrucción masiva que entrañan peligros que, aunque latentes ahora, son potencialmente letales".
Pero hay más. George Soros, el destacado financista, aseveró el 2004 que evitaba utilizar los contratos financieros conocidos como derivados "porque no entendemos cómo funcionan". Y como si lo anterior no fuera suficiente, Felix G. Rohatyn, el banquero de inversión que salvó a Nueva York de la catástrofe financiera en la década de 1970, calificó a los derivados como potenciales "bombas de hidrógeno".
Sin embargo, la actitud de Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal por casi 20 años -desde 1987 (Ronald Reagan) hasta 2006 (George W. Bush)- fue siempre la misma, oponerse tenazmente cada vez que los derivados fueron objeto de un minucioso examen en el Congreso o en Wall Street, aseverando que: "Creemos que sería un error" regular más estrictamente estos contratos.
Greenspan confió ciegamente en la buena voluntad de Wall Street para autorregularse. Incluso hace pocos días enfatizaba que el problema no era que los contratos habían fallado, sino que las personas que los usaban se dejaron llevar por la codicia, y que la falta de honestidad dio lugar a la crisis.
Lo cierto es que el mercado de los derivados mueve actualmente 531 billones de dólares, mientras que en 2002 era de 106 billones. Y Greenspan contribuyó a hacer posible un ambicioso experimento estadounidense al dejar que las fuerzas del mercado operaran sin supervigilancia, sin una sola regulación, sin control. Una irresponsabilidad de marca mayor.
Ahora, EE. UU. y el mundo afronta las consecuencias. Una vez más los dogmatismos y las bajas pasiones sucumben al mundo y a la humanidad.
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Muy de acuerdo con el
Muy de acuerdo con el interesante planteamiento que hace el Sr. Navarrete por cuanto aborda acertadamente una de las grandes causas que han originado la actual crisis financiera que está afectando al mundo.
Si a lo anterior se suma el problema de sobre valoración de los bienes inmuebles en USA, alcanzando cifras astronómicas y que sin embargo la banca otorgaba créditos hipotecarios a personas sin un respaldo suficiente para poder servir la deuda, lógicamente que llegó un momento que éstos se transformaron en impagables. Los bancos al quedarse con los bienes raíces embargados, los que deben efectuarse trabajos de mantenimiento para su conservación, entraron en una vorágine de activos en su poder totalmente depreciados de valor, explotando en definitiva la crisis que nos afecta.