El Puente Loncomilla: Una historia de traiciones

El ministro de Obras Públicas Sergio Bitar acaba de inaugurar el puente Loncomilla. El acto resultó fallido en dos oportunidades anteriores. Pero el río homónimo arrastra una larga crónica de tragedias. Por Jaime González Colville
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23 de Diciembre, 2008 16:12
El ministro de Obras Públicas Sergio Bitar acaba de inaugurar el puente Loncomilla. El acto resultó fallido en dos oportunidades anteriores. Pero el río homónimo arrastra una larga crónica de tragedias. Tras sus apacibles aguas se esconden traidores remolinos. Las tribus de antaño parecían amigables, pero sacaban la lanza apenas se les daba la espalda.
Pero, cuidado, los puentes de ese cauce nunca fueron inaugurados. Para los lugareños, ello traía mala suerte.
El río Loncomilla es, tal vez por su atavismo araucano, veleidoso. Se ha llevado decenas de vidas en solapados remolinos. Lo supieron los soldados del ejército rebelde del General Cruz que intentaron cruzarlo, tras la batalla de Barros Negros en 1851 y sus cadáveres fueron a dar a Constitución. En 1927, una banda de los Salesianos de Linares, que atravesaba la Balsa del Peumo, fue arrastrada por el torrente, muriendo varias personas. En 1967, durante un paseo de un curso del Liceo de Linares, dos alumnos fueron tragados súbitamente por las aguas. En la playa poniente hay grutas y placas por los ahogados. Cada verano se cobra una víctima para el cauce insaciable. Pero las aguas se ven quietas.
El puente de San Javier
Al fundarse San Javier, en 1852, una de las primeras medidas de las autoridades fue habilitar un viaducto que conectara a la nueva población con la banda poniente el río Loncomilla. En Huerta de Maule y Nirivilo existían poblaciones de importancia económica y además política.
Se levantó un puente de madera, asentado en rieles de ferrocarril, en el sector de Juntas Viejas, Población Santa Ana de hoy. Firme y sólido, aquel paso resistió los embates del traicionero cauce, aumentado con fuertes corrientes y vientos en los inviernos.
Se abrió así un camino a la cordillera de la Costa. Se esbozaba, además, una ruta hacia Constitución, anhelo creciente de los sanjavierinos y linarenses del siglo XIX, más aún si, cuando se debatía la construcción del ferrocarril de Talca hacia Constitución, en 1888, un parlamentario sugirió que la línea partiera desde San Javier.
El primer puente
En 1927 el Presidente Ibáñez del Campo recibió insistentes peticiones de los linarenses para extender el tren de Linares a Yerbas Buenas hasta Constitución. Sería un medio fundamental de transporte para los agricultores de los valles. El Mandatario accedió y se construyó la hasta hoy amplia estación de Putagán (que serviría de entronque), se trazó el terreno donde irían los rieles (corresponde al camino de “El Corte” desde Putagán a Yerbas Buenas). El proyecto parecía de inminente realización. Pero, alguien sugirió a don Carlos evaluar, antes, la posibilidad de construir un camino hacia la costa maulina. Los ingenieros, entonces, recomendaron la vía terrestre antes que la ferroviaria. Pese a reclamos y denuestos de sus comprovincianos, el Presidente se inclinó por esta opción y se inició así la apertura de la actual senda al balneario.
En 1928 partió la construcción el primer puente sobre el Loncomilla, en el lugar donde el ministro realizó la reciente inauguración. San Javier puso el grito en el cielo para que la ruta partiera desde ese pueblo, pero las recomendaciones técnicas dijeron otra cosa. El viaducto fue de madera y concreto, con vigas de hierro. Se concluyó en 1932, pero las contingencias políticas de la época (Ibáñez había sido derrocado, tras visitar las obras y se vivía la república socialista) impidieron inaugurarlo. Resistió crecidas y tuvo algunas deficiencias, pero durante un cuarto de siglo unió al centro del Maule con el litoral.
El puente nuevo
En 1953, también bajo la gestión de Ibáñez, se dispuso la construcción de uno de hormigón. Cinco años antes se había desmantelado el puente ubicado frente a San Javier, en medio del duelo de sus habitantes, que habían crecido junto a la vieja estructura de madera. Aún se ven sus rieles clavados en el fondo del cauce. Reclamos y gestiones intentaron que la nueva obra se instalara allí, pero la decisión estaba tomada. Se inició sin embargo, en medio de la polémica: una costosa y enorme viga, de unos diez millones de pesos de la época, cayó al río en el invierno de se año y pese a los esfuerzos, nunca se pudo recuperar. El error fue ampliamente difundido por la prensa.
El “puente nuevo” como se le conoció, tras ser concluido a principios de 1955, tampoco pudo ser inaugurado. Ibáñez vivía difíciles momentos y el país, en medio de violentas protestas, estaba en estado de sitio. La obra, no obstante, cumplió noblemente su importante labor durante casi medio siglo. Las cepas, como se observa hoy, son recias columnas de cemento, asentadas en el fondo del río. Algunas veces, las torrentosas aguas le inflingieron daños que nunca lograron afectar la estructura de la construcción. Sólo en 1967 el estribo oriente cayó por el embate del río, pero fue reparado y siguió sirviendo.
El puente colapsado el 2004 –que tampoco fue inaugurado- nunca gustó a los lugareños. Se le vio débil o mal asentado. Los ecos de estas presuntas fallas se reiteraron en el tiempo. La conciencia colectiva presentía una desgracia. Las autoridades locales acogieron esas dudas que los responsables desdeñaron. Días antes del derrumbe, dos o tres obreros picaban la base con chuzos y picotas. Al parecer el río Loncomilla mantiene el espíritu de sus antepasados indios, y da golpes aleves cuando menos se piensa. Esperamos que la inauguración del ministro Bitar sea de buen augurio.

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