Aventuras de un Talquino "Bip" en Santiago
Esta vez no es Talca, tampoco será Paris, ni menos Londres la inspiración para este relato, sino que Santiago de Chile, nuestra capital, aquel monstruo grande y que pisa fuerte. Por Juan José Alfaro.
Santiago es una constante contradicción, una renuncia y aceptación, un odio y un amor infinito de un gigante de dos almas: Una suntuosa y glamorosa y otra atomizada y lacerante, que es la que decidí conocer con más profundidad en mi última visita a la capital, aquella ciudad que se mueve en metro y en buses orugas que aún nadie aprende a manejar, aquella ciudad habitada por santiaguinos tras el muro de Plaza Italia, un muro invisible pero celosamente custodiado por conspicuos celadores.
Como buen hijo de esta tierra del trueno, me embarqué en un bus que lleva por nombre una frase emblemática de nuestra ciudad. Luego de 3 horas de un viaje muy placentero y cómodo, arribo hasta mi destino en un viejo terminal de Estación Central, que de capitalino tiene sólo el nombre, pasillos estrechos y muy poco espacio en general. Sin duda que pese a su colapso en ciertos días, el terminal de Talca entrega un trato más amable al viajero, Santiago merece otra realidad.
Como buen hijo de esta tierra del trueno, me embarqué en un bus que lleva por nombre una frase emblemática de nuestra ciudad. Luego de 3 horas de un viaje muy placentero y cómodo, arribo hasta mi destino en un viejo terminal de Estación Central, que de capitalino tiene sólo el nombre, pasillos estrechos y muy poco espacio en general. Sin duda que pese a su colapso en ciertos días, el terminal de Talca entrega un trato más amable al viajero, Santiago merece otra realidad.
Los metros que me separan de la estación del tren subterráneo los recorro bajo un intenso calor, esquivando los golpes de bolsos y maletas de los demás viajeros, un hotel en construcción aporta la música de fondo a mis pasos, mientras un ejército de comerciantes ambulantes me ofrecen las últimas novedades del año. Desciendo hasta la estación Universidad de Santiago por un pasillo oscuro y transitado, que se parece más al corredor de una mina que el acceso a una estación de metro. En el corazón de la estación pululan decenas de pasajeros con caras adustas, algunos cargan su tarjeta Bip, otros toman destino ya sea hacía San Pablo o Los Dominicos.
Bajo hasta los andenes y abordo unos de los nuevos vagones españoles de la compañía CAF, son rojiblancos, con asientos a los costados, parecen de buena calidad, pasillos más holgados y una velocidad de desplazamientos mayor a los franceses. El viaje al fondo del corazón capitalino es grato, a ratos más congestionado, pero infinitamente más placentero que los artefactos albiverdes que aniquilan las calles con su paso demoledor. A medida que me adentro en el Santiago trasero, veo cambios sustantivos en el decorado y terminación de las estaciones, mientras en el inicio en Universidad de Santiago existen claros rasgos de una estación de metro, en mi arribo a San Pablo me encuentro con un edificio de acabado precario, ladrillos al aire cubiertos por una raída pintura gris, las diferencias asoman irremediablemente.
Bajo hasta los andenes y abordo unos de los nuevos vagones españoles de la compañía CAF, son rojiblancos, con asientos a los costados, parecen de buena calidad, pasillos más holgados y una velocidad de desplazamientos mayor a los franceses. El viaje al fondo del corazón capitalino es grato, a ratos más congestionado, pero infinitamente más placentero que los artefactos albiverdes que aniquilan las calles con su paso demoledor. A medida que me adentro en el Santiago trasero, veo cambios sustantivos en el decorado y terminación de las estaciones, mientras en el inicio en Universidad de Santiago existen claros rasgos de una estación de metro, en mi arribo a San Pablo me encuentro con un edificio de acabado precario, ladrillos al aire cubiertos por una raída pintura gris, las diferencias asoman irremediablemente.
Emerjo a la superficie y me encuentro con una improvisada vereda robada al tránsito vehicular, un cierre perimetral de madera aglomerada y pesadas piezas de cemento que nos defienden de los autos. Saco mi tarjeta Bip y cruzo la avenida San Pablo para abordar el famoso Transantiago que me llevará hasta mi destino en la mítica comuna de Cerro Navia, famosa por su raíz izquierdista y que hoy es gobernada por un alcalde de derecha. Espero unos 5 minutos bajo un asesino sol el arribo de mi micro, la J13, la diviso a la distancia, parece que es una micro enchulada lo que con pesar se confirma, subo con precaución, acerco mi Bip al validador, una luz verde me confirma que pagué, otros compañeros de ruta no se molestan en acercar su tarjeta, llegan y pasan sin el más mínimo remordimiento, otros con vocación actoral vociferan sobre los problemas que presentaría el validador, yo los miro con indignación y vergüenza, cuánta plata botada en este sistema, cuántas postergaciones de un nuevo hospital para Talca por subsidiar esta desfachatez.
El viaje en Transantiago se parece más a un rally que a un transporte urbano, el motor emite un ruido ensordecedor que no permite hilar ninguna conversación, en las curvas hay que afirmarse hasta del espíritu santo para no salir rodando por el pasillo, y qué decir de las frenadas bruscas de lo que parece más un principiante que un chofer profesional. Metros más allá diviso a unos niños jugando con un grifo, me preocupo cuando el chofer se detiene en forma deliberada en ese sector casi en concomitancia con unos descamisados adolescentes que nos lanzan un par de baldes con agua hasta el interior de la micro, por un segundo me siento en Fantasilandia, luego comprendo que es el Santiago estigmatizado, el Santiago bizarro, amigo habitual de la crónica roja.
Cuando me interno en el corazón de Cerro Navia, lo primero que llama mi atención es la vida en comunidad que hace la gente, sillas y mesas dispuestas en las aceras, conversación gratis y mucha mirada atenta a cada detalle a su alrededor. Me adentro en una feria libre en la que se vende de todo, desde ropa usada hasta una olla a presión, aunque mi curiosidad se dirige hasta unos puestos que venden productos lácteos a pleno sol y sin ningún tipo de refrigeración, agudicé mi alma de investigador motivado por el bajísimo precio de lo ofertado: 4 kilos de yogurt por 1000 pesos, oferta más que tentadora para un ojo inexperto, me acerco un poco más hasta una potencial compradora que interpela al vendedor por la caducidad de sus productos, a lo que este con tono despectivo le dice “acaso no sabe que los yogurt duran 15 días más después de la fecha de vencimiento”. No pude evitar reír con tamaña explicación, mientras ruego en solitario por algún tipo de fiscalización a estos descarados vendedores. Unos pasos más allá se pueden encontrar artículos como detergente para lavadoras un 50 % más barato que en el comercio establecido, lo que me hace dudar sobre la procedencia de aquellos productos, un manto de cuidadoso celo envuelve a compradores y vendedores de estas ofertas “imperdibles”.
De vuelta a la estación San Pablo en la J13, esta vez no hay agua en baldes, pero sí una peculiar sesión de fotos de unas adolescentes con pinta de pokemonas que entre risotada y risotada bailan hasta el caño en los pasillos de la enchulada e incómoda micro. Cruzo velozmente la calle e ingreso a la nueva estación San Pablo, la extensión de la línea 5. Por fuera parece un gallinero de aluminio, por dentro hay mucha calidez y modernidad, me sorprende la belleza del subsuelo, los dos niveles que hay que bajar para llegar a los andenes están decorados minimalista y modernamente, belleza sólo empañada por algunas terminaciones poco finas y algún mal usuario que ensucia o rompe todo a su paso.
El viaje en Transantiago se parece más a un rally que a un transporte urbano, el motor emite un ruido ensordecedor que no permite hilar ninguna conversación, en las curvas hay que afirmarse hasta del espíritu santo para no salir rodando por el pasillo, y qué decir de las frenadas bruscas de lo que parece más un principiante que un chofer profesional. Metros más allá diviso a unos niños jugando con un grifo, me preocupo cuando el chofer se detiene en forma deliberada en ese sector casi en concomitancia con unos descamisados adolescentes que nos lanzan un par de baldes con agua hasta el interior de la micro, por un segundo me siento en Fantasilandia, luego comprendo que es el Santiago estigmatizado, el Santiago bizarro, amigo habitual de la crónica roja.
Cuando me interno en el corazón de Cerro Navia, lo primero que llama mi atención es la vida en comunidad que hace la gente, sillas y mesas dispuestas en las aceras, conversación gratis y mucha mirada atenta a cada detalle a su alrededor. Me adentro en una feria libre en la que se vende de todo, desde ropa usada hasta una olla a presión, aunque mi curiosidad se dirige hasta unos puestos que venden productos lácteos a pleno sol y sin ningún tipo de refrigeración, agudicé mi alma de investigador motivado por el bajísimo precio de lo ofertado: 4 kilos de yogurt por 1000 pesos, oferta más que tentadora para un ojo inexperto, me acerco un poco más hasta una potencial compradora que interpela al vendedor por la caducidad de sus productos, a lo que este con tono despectivo le dice “acaso no sabe que los yogurt duran 15 días más después de la fecha de vencimiento”. No pude evitar reír con tamaña explicación, mientras ruego en solitario por algún tipo de fiscalización a estos descarados vendedores. Unos pasos más allá se pueden encontrar artículos como detergente para lavadoras un 50 % más barato que en el comercio establecido, lo que me hace dudar sobre la procedencia de aquellos productos, un manto de cuidadoso celo envuelve a compradores y vendedores de estas ofertas “imperdibles”.
De vuelta a la estación San Pablo en la J13, esta vez no hay agua en baldes, pero sí una peculiar sesión de fotos de unas adolescentes con pinta de pokemonas que entre risotada y risotada bailan hasta el caño en los pasillos de la enchulada e incómoda micro. Cruzo velozmente la calle e ingreso a la nueva estación San Pablo, la extensión de la línea 5. Por fuera parece un gallinero de aluminio, por dentro hay mucha calidez y modernidad, me sorprende la belleza del subsuelo, los dos niveles que hay que bajar para llegar a los andenes están decorados minimalista y modernamente, belleza sólo empañada por algunas terminaciones poco finas y algún mal usuario que ensucia o rompe todo a su paso.
Mi destino esta vez es la Plaza de Armas de Santiago, corazón del mundo capitalino. Ahora la fortuna me premió con un viejo coche francés año 1973 como señala la placa adherida a un muro, pese a sus 37 años el vagón luce en buen estado, el piso un poco deteriorado y un andar más ruidoso. Las nuevas estaciones tienen la misma belleza y calidez de la que inicié mi recorrido, los tramos entre una y otra son más largos, tanto así que en poco más de 10 minutos estaba saliendo por calle Estado.
De sopetón me encuentro con hombres de todas las edades jugando ajedrez. Si fuera extranjero pensaría que es el deporte más popular del país, avanzo un poco más y me sobrecoge lo desértica de la Plaza de Armas, hay mucho cemento y muy poco pasto y árboles, se necesita con urgencia un baño de cercanía. Hay turistas por todos lados, arriba de buses descapotables, enfundados en costosas cámaras fotográficas, hablando alemán, francés, japonés, y portugués mayoritariamente, Santiago parece enamorarlos, la cara de fascinación con que miran todo los delata.
Ahumada como siempre, atestada de gente, aunque ahora es multirracial, no es raro ver mujeres y hombres de raza negra transitar como un santiaguino más, como tampoco es extraño ver uno que otro robo que me priva de la tranquilidad de mi Talca querida. Recorro el Palacio de la Moneda, el ex Congreso y la Catedral, al santiaguino común nada de esto le parece relevante, más bien indiferente, hasta ignoran cuánta historia vive a su alrededor, el hambre me consume así que me voy al “Rápido” un local de venta de empanadas que me fascina por su eficiencia y calidad. No pasaron ni 10 segundos cuando ya tenía servida mi orden de empanadas queso camarón y mi bebida.
Ahumada como siempre, atestada de gente, aunque ahora es multirracial, no es raro ver mujeres y hombres de raza negra transitar como un santiaguino más, como tampoco es extraño ver uno que otro robo que me priva de la tranquilidad de mi Talca querida. Recorro el Palacio de la Moneda, el ex Congreso y la Catedral, al santiaguino común nada de esto le parece relevante, más bien indiferente, hasta ignoran cuánta historia vive a su alrededor, el hambre me consume así que me voy al “Rápido” un local de venta de empanadas que me fascina por su eficiencia y calidad. No pasaron ni 10 segundos cuando ya tenía servida mi orden de empanadas queso camarón y mi bebida.
Si todo fuera siempre así de eficiente, qué diferente sería Santiago.
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Tienes razón Eduardo,
Tienes razón Eduardo, faltó la denuncia, pese a que me dijeron que la han hecho varias veces. Mientras se fiscaliza todo cumplen la ley, pero al parecer sería necesario un inspector de la seremi de salud de punto fijo.
Linda vitacora, pero no
Linda vitacora, pero no habia un teléfono público o tu no tenias un celular para llamar a carabineros para que fueran a fiscalizar a esos vendedores ambulantes, sobretodo al que vendia ese yogurth vencido y sin refrigerar.
Si todos tienen que tener claro que en Chile se fizcaliza pero los inspectores no pueden estar en todos los lugares porque son muchos los puntos que existen establecidos entonces los ambulantes cuestan aun más, por eso es responsabilidad de todos nosotros informar donde se comenten irregularidades y denunciarla cosa que los inspectores o carabineros puedan acudir al lugar y revisar que este todo correcto cosa de cuidar la salud de las personas.