El criminal “error” de la Armada
Carta abierta al Almirante Edmundo González, escrita por Tito Tricot, Sociólogo y director del Centro de Estudios de América Latina y el Caribe.
A veces faltan palabras para llorar o lágrimas para hablar. Es como si la garganta se escarchara de espanto y el alma crepitara de fuegos antiguos, pero de a poco, por entre las fisuras del corazón, asoma la palabra precisa para gritar el dolor y la rabia ante una tragedia que pudo haberse evitado. Por ello escribo desde la profunda ira que provoca la muerte de centenares de inocentes, porque tú almirante, con toda tu tecnología, con toda tu Armada, con toda tu oceánica arrogancia, fuiste incapaz de alertar al país de un posible maremoto. Y luego vinieron las excusas, las acusaciones mutuas con el gobierno, las medias verdades o impúdicas mentiras para ocultar lo inocultable: que se le falló al país en un momento crucial; país que, ingenuamente, confío en la eficiencia de la marina.
Y, la verdad, poco importa a estas alturas que se haya destituido al director del Servicio Hidrográfico y Oceanográfico de la Armada SHOA o que haya renunciado la directora de la Oficina Nacional de Emergencia del Ministerio del Interior ONEMI, pues los muertos y los desaparecidos seguirán vestidos de mar a la fuerza. Porque tú, almirante, con toda tu tecnología, con toda tu Armada, con toda tu oceánica arrogancia, guardaste criminal silencio mientras la noche se tornaba más oscura cuando el mar se atiborraba de los sueños, las manos, los ojos y las esperanzas de gente sorprendida por la furia azul. Porque el mar es así y, por lo mismo, hay que cuidarse de él y tú, almirante, tenías la misión de hacerlo, pero no lo hiciste. Y eso duele, como chileno, como mapuche, como humano, como porteño de nacimiento que ama el mar y que sabe que, a fin de cuentas no es culpa de éste que sólo hace lo que ha hecho desde tiempos inmemoriales. Además, como marino terrestre, más de alguna noche de luna llena, como aquella del terremoto, creí ver en lontananza galeones antiguos y escuchar cristalinas las risas de la sirena y el capitán mientras hacían el amor sin pausa ante la mirada asombrada de narvales gigantes y pudorosos caballos de mar.
Pero nada de eso puedo sentir hoy, sólo el llanto quedo de los desaparecidos que horadan el alma, quizás buscando en la bruma un trozo de luz para calmar la angustia de sus seres queridos y de un país herido. Porque tú, almirante, con toda tu tecnología, con toda tu Armada, con toda tu oceánica arrogancia, ignoraste todas las señales, todas las alarmas, todos los indicios, desafiando al océano. De alguna manera, con o sin querer, llamaste a la muerte que golpeó sin piedad a pueblos enteros, sembrando destrucción y pavor.
Y claro, en otros tiempos dolorosamente cercanos, la Armada también llamó a la muerte y se sumió para siempre en la vergüenza al asesinar, torturar y hacer desaparecer a compatriotas. Nadie me lo contó, yo estaba ahí. Y tú también almirante, aunque eras sólo un joven cadete. Y los cadetes torturaron en la Escuela Naval y en el estadio Valparaíso a prisioneros indefensos. Como lo hicieron oficiales y tropa en la Academia de Guerra Naval y en muchas otras reparticiones de la marina. No se si tú también torturaste, lo que sí se es que en algún momento fuiste comandante del buque escuela Esmeralda donde se asesinó al sacerdote Miguel Woodward. Y lo negaron – y lo negaste – por décadas, hasta que una valiente jueza, Eliana Quezada, logró desentrañar la verdad y procesar a más de una veintena de altos oficiales de la Armada involucrados en el asesinato. Un poco de tardía justicia y un campanario de esperanza, como la inmensa solidaridad desplegada en todo Chile por héroes anónimos para ayudar a las millares de victimas del terremoto y maremoto cuando tú almirante, con toda tu tecnología, con toda tu Armada, con toda tu oceánica arrogancia, fuiste incapaz de alertar al país de un posible maremoto.
Probablemente nada de esto te conmueva, ni los desaparecidos de hoy ni los desaparecidos de ayer; lo más probable es que no leas estas líneas o que esgrimas el manido discurso de que hay que olvidar el pasado hasta el próximo golpe de Estado o acaso hasta el próximo maremoto. Es que no puedo olvidar que para miles de hombres y mujeres nada será jamás igual después de aquella noche infernal en que tú, almirante, de algún modo, llamaste a la muerte.
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Leer esta columna me ha
Leer esta columna me ha hecho mantener una pausa emocionada, más larga quizás de lo normal.
Cómo dejar de recordar a aquellas personas que fueron tragadas por aquel mar que tanto admiraban y tanta paz les daban. Catástrofe y su concepto nos ha quedado pequeño ante la indolencia de muchos, sí señor Almirante y parte del Gobierno anterior, las excusas acrecentaron nuestras rabias, queríamos oir un pedir perdón a las familias de las víctimas y a nosotros, sus amigos.
La naturaleza ha estado devolviendo sus cuerpos día a día, a kilómetros de distancia, otros talvéz quedarán como parte del infinito mar, héroes de la creencia que chile y sus organismos nos protegen, héroes de la ingenuidad de creer que teníamos la tecnología para enfrentar un azote de la naturaleza o de una agresión vecina.
Se requiere mucho tiempo para volver a una relativa normalidad, mientras tanto levantemos chile con los pocos recursos disponibles, denunciando a quien lucre de ello. Basta de maquillar una solución con un techo para chile, se requiere casas de madera, dignas para las familias que tienen practicamente el mismo valor; basta de pensar que la clase media no requiere ayuda en esta situación.
Coincido del hecho criminal, tendrán que pagar con cárcel todos quienes estuvieron involucrados en la cadenas de infortunios e improvisación y no escuchar la simple frase.. "no estamos para cacería de brujas", no señor, cacen a los responsables de este crimen.
Tito Tricot, te felicito por
Tito Tricot, te felicito por la valentìa de tu carta y comparto plenamente lo mencionado en ella. Ahora al igual que lo que pasò con los conscriptos de Antuco. Acà tambièn debiera pronunciarse la justicia civil y/o militar para investigar y llegar al fondo del asunto en cuanto a responsabilidades, como un homenaje a los fallecidos y como una reparaciòn moral y econòmica a los deudos si la justicia asì lo determina. Nadie puede estar por sobre la ley en nuestro paìs y si hay sanciones deben ser dràsticas y justas.
creo que nada grafica mejor,
creo que nada grafica mejor, como lo que ecabo de leer en este artículo, la impotencia de aquellos que de una u otra forma les llenamos los bolcillos con dinero a quienes se supone nos debian proteger, dinero que hoy serviría para palear en menos de un cinco por ciento el dolor de los compatriotas que hoy y mañana sufriran con la irreparable pérdida de toda una vida y no solo hablo de personas que perdieron a sus seres queridos, sino que tambien de aquellos que se quedaron literalmente en la calle por que el sacrificio por años de conseguir los que tenían hasta antes del terremoto no lo volveran a ecuperar con mediaguas de emergencia que todos sabemos como son
Es fácil darse cuenta que
Es fácil darse cuenta que los continuos temblores y réplicas han liberado y sacado a la luz antiguos fantasmas y resentimientos del columnista.
Aprovecharse de un doloroso hecho puntual y de sus victimas , y utilizarlo para volver y revolver el pasado es sucio y bajo.
Las familias de los deudos merecen un mínimo de respeto. Manosear y utililizar el dolor ajeno para destilar odiosidades personales es vil y ruin.
No sea tan "comunacho" ni
No sea tan "comunacho" ni desgraciado en sus comentarios.
De Gracias a Dios que no hubieron mas muertos.
Y sane su propia alma.
Walter Foral Liebsch
Chileno en Austria desde 1995