La verdad, la objetividad y la historia

Un comentario que hace el lector Luís E. Marqués Silva de Balboa en mi anterior artículo “El Amigo Jesucristo, una respuesta no convencional” inspiró la presente nota. Por Nathan Novik.
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03 de Mayo, 2010 07:05
Agradezco a los lectores que han comentado el artículo “El Amigo Jesucristo, una respuesta no convencional”. Cada uno de ellos hace un aporte interesante. Quisiera referirme al que hace el lector Luís E. Marqués Silva de Balboa que inspiró el presente desarrollo. Se lo agradezco de corazón.

El señala entre otras afirmaciones “ningún huésped debe ser interrogado sino acogido”. Tiene toda la razón Sr. Silva. La expresión más correcta habría sido de mi parte: acogeré a tu amigo en casa y estoy seguro que podré conversar largamente con él a fin de que me aclare muchísimas dudas”.- Como se dice elegantemente: “touché”.

Sin embargo, hay otra afirmación de don Luis que da la base al presente artículo, y es la siguiente: “el deicidio es un hecho de la causa. Los judíos complotaron para su asesinato, y no hay duda que los judíos y no los romanos mataron a Jesús. Sólo la ejecución fue romana y por eso la crucifixión”.

Vamos por parte.- Es un hecho que quienes escriben la historia son hombres con su cultura, su pertenencia y su formación social y familiar. Cualquier relato de un mismo suceso tendrá facetas diferentes dependiendo de quien la escriba.

¿Han leído la historia de la Guerra del Pacífico en los textos de historia para la educación secundaria de Perú y de Bolivia?. Es una experiencia bien interesante. Me he preocupado de hacerlo. En muy poco se parecen a lo que relatan nuestros textos de historia. Y estamos hablando de hace sólo unos 150 años atrás, en que hay documentos escritos de la época. Al momento en que se interpreta un hecho, no existe “objetividad”; tampoco existe “la verdad”. El gran esfuerzo es poder señalar “hechos” que sucedieron, sin interpretarlos, lo que también es difícil. Cuántas veces testigos que vieron un mismo hecho tienen diferentes versiones.

Respecto a la época que sería la de Cristo, no existen mayores antecedentes escritos contemporáneos a esa época. Están los escritos del historiador judío romano Flavio Josefo, que escribió en griego y en arameo, y cuya obra principal es la “guerra de los judíos”, donde se refiere a las continuas rebeliones ante el dominio romano. Otro hecho de la causa entonces, es que los romanos tuvieron problemas en el reino de Judea. Hubo diversos levantamientos lo que demuestra que no todos los judíos apoyaban a los romanos. Obviamente su relato está escrito desde su punto de vista, y sus manuscritos, traducidos 1500 años después, tampoco nos aseguran una versión fidedigna al original. Los evangelios se escriben algunos cientos de años después de la época en la cual Cristo habría existido, y se basan en historias trasmitidas oralmente por diversas sectas o grupos. En el concilio de Nicea el año 325, se forma la Iglesia Católica y se genera el principio del proceso de selección de los 4 evangelios oficiales, donde se cuenta la historia “aceptada” de lo que acontece con Cristo. Pero en el curso de los años comienzan a salir a la luz una enorme cantidad de evangelios “no oficiales”, extracanónigos y prohibidos por la Iglesia. Pueden ser consultados por Internet. Uno de ellos es el Evangelio de Judas, en donde en lugar de aparecer como un traidor como lo señalan los evangelios oficiales, es el discípulo favorito de Cristo.

Insisto: no existe “objetividad histórica”. Lo que existen son los relatos que describen acontecimientos diversos y que nos pueden dar una idea de la época y de cómo ocurrían los hechos y se tomaban las decisiones. Por ejemplo, es bien sabido, (esos son “hechos de la causa por ser irrefutables”), que los romanos apelaban a multitudes que en el circo gritaban con euforia para que el Cesar pusiera el dedo hacia abajo sentenciando a muerte a un gladiador. O que los romanos eran los únicos que acostumbraban crucificar a quienes condenaban a muerte. Esos son “hechos de la causa”. Lo demás son relatos basados en hechos poco demostrables y en creencias.
Si Cristo hubiese vivido en la Galia por ejemplo, (otro lugar donde el imperio romano tuvo levantamientos), habrían sido los galos los “deicidas”. El que las autoridades romanas utilizaran y se apoyaran en una multitud de personas que vivían en el lugar donde habría acontecido la vida de Cristo, en los reinos de Israel y de Judea, y que por razones diversas los apoyaban, no es de extrañar. Era una costumbre romana manipular multitudes, lo que se observa con claridad en el llamado “circo”. Posiblemente la inmensa mayoría de los habitantes de esos reinos ni sabían lo que estaba pasando. La mayor parte no salía de la aldea donde nacía. Y como vivían en Judea, ocupada por los romanos, eran “judíos”. Pero nada ni nadie puede culpar de “asesinos” a todos los que vivían en esos territorios ni menos a quienes se consideran descendientes históricos de aquellos en los años siguientes. En conclusión, nada nos permite afirmar, como lo hace Don Luis en su comentario, que exista un “pueblo deicida”. Ni los romanos ni los judíos como conjunto. Es una generalización desafortunada. Se habrán coludido autoridades romanas y judías para culpar a alguien que a ambos les era molesto. No hay que olvidar que una interpretación acerca del papel que habría tenido Cristo, de haber existido, era de un rebelde al imperio y a la religión establecida. Pero de ahí a calificar a judíos (o romanos), como “deicidas” hay un abismo. Por otro lado, quienes califican a Cristo como Dios y/o Mesías, son sólo quienes creen en ello. Y me parece muy bien, en la medida que les sirva para ser mejores personas inspirándose en lo que se supone que son sus enseñanzas. Es bien evidente que el concepto de “pueblo deicida” genera prejuicios y odiosidades que en estricto rigor no son muy “cristianas”. Es bueno tener presente que sólo una parte de la humanidad considera a Cristo como Dios o como un Mesías.

Y creo que eso tampoco tiene mayor importancia. Tenemos que acostumbrarnos en esta Tierra a vivir en la diversidad y a respetarla, a valorarnos todos independientemente de la cantidad de personas de uno u otro pueblo o credo, sin tratar de imponer a los demás lo que cada uno de nosotros cree o no cree. Eso permite publicar artículos como este y comentarios como los que hace don Luis. Y permite abrir nuestras comprensiones, nuestro estado de conciencia.

Los evangelios tienen de todo menos una visión política, social y económica de lo que ocurría en ese lugar y en esa época. Es una historia alrededor de un personaje denominado Cristo, de donde surgen hermosas enseñanzas que pueden ser aprovechadas por todos los hombres de buena voluntad. Como tantas otras hermosas enseñanzas atribuidas a personas sabias y lúcidas que si las siguiésemos otro sería nuestro planeta. Esas historias, como las bíblicas, podrían haber acontecido en cualquier parte, ya que la circunstancia del lugar no es la esencia de la historia, sino más bien la enseñanza que podemos obtener de la misma.

Por eso, al referirme a este tema, con todo respeto, escribo “desde mi”, y señalo: “Tengo sentimientos bien “encontrados” con este, tu amigo”. No tengo “objetividad” en este tema, ya que hablo desde mi cultura, formación y pertenencia. Y nadie puede calificarse de “objetivo”. Todos opinamos de acuerdo a nuestras pertenencias particulares; a nuestras creencias, a nuestra cultura, a nuestra formación. Y muchas veces, desafortunadamente, a nuestros prejuicios. Los medios que actualmente existen, suelen colaborar más en el reforzamiento de estos prejuicios a través de la desinformación o de información distorsionada, en lugar de colaborar a que estos prejuicios se puedan ir debilitando. Lo que se “desinforma” respecto del medio oriente y de otras zonas del planeta es un ejemplo más. Debemos hacer un esfuerzo para tener una visión distinta a la que nos entregan los medios que mas conocemos, y tratar de remover nuestros prejuicios. No es fácil. ¿Qué le podríamos pedir de exactitud u objetividad a las historias acerca de acontecimientos que habrían sucedido hace un par de miles de años atrás, donde hasta la documentación es escasa?. En estas materias antes de hacer afirmaciones definitorias como “hechos de la causa”, hay que pensarlo mucho, ya que nos podemos equivocar fácilmente.

Para concluir estas reflexiones, recuerdo a un antiguo maestro que nos decía: “Cada vez que hagan una afirmación o un juicio tengan presente si se trata de una creencia, de una información o de un fenómeno demostrado por métodos científicos. Todos tenemos creencias, informaciones y conocimientos. Lo que es importante y honesto al hacer alguna afirmación es tener claro de qué se trata. Una creencia es simplemente eso. Puede ser compartida por otros o no. Nadie tiene obligación en creer lo mismo que otro. Una información, para ser completa debería tener diversas fuentes, y aún así tiene los límites de quien interpreta el acontecer para entregar una noticia. Y si es conocimiento científico, es un buen respaldo para sacar conclusiones”.

En materia religiosa estamos hablando fundamentalmente de creencias. Todas respetables, pero creencias al fin. Lo que cada cual hace con ellas dependerá del sentido de vida que se ha dado.

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