¿Qué Bicentenario celebramos?

El 18 de septiembre del año 10, reunidos en la Sala del Consulado, sólo deseaban un gobierno propio, al margen del trono francés instalado en España, por respeto y adhesión al Rey de España. Por Jaime González Colville.
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15 de Junio, 2010 23:06
La invitación al Cabildo abierto del 18 de septiembre de 1810 no tiene ni un acento independentista: su texto es elocuente y los creadores de esta falsa expectativa de libertad, sospechosamente casi no la citan. En parte dice que, tras al advenimiento de los franceses al trono español, era necesario reunirse para ver “qué sistema de gobierno debe adoptarse para conservar estos dominios al señor don Fernando VII”.

Si bien es cierto, unos pocos vecinos de Santiago vislumbraban alguna forma remota de autogobierno, que ni ellos podían definir, lo cierto es que el 18 de septiembre del año 10, reunidos en la Sala del Consulado, sólo deseaban un gobierno propio, al margen del trono francés instalado en España, por respeto y adhesión al Rey, el cual, ajeno a los sacrificios y fidelidades de sus súbditos, no había vacilado en unirse a Napoleón, abdicar su trono y aceptar vivir en un palacio en Paris, mientras los españoles daban su sangre por la libertad, en cruentas batallas.

Unos cuatrocientos cincuenta hombres asistieron a la reunión. De ellos, no más de catorce eran europeos. Abierta la sesión, Mateo de Toro y Zambrano cedió la palabra a José Gregorio Argomedo, quien, en un largo discurso, defendió la monarquía, destacando que, por la ausencia del rey, quedaba el poder, “En manos de sus propios súbditos, que tanto le han honrado con su obediencia”…”Y ciertos de quedar seguros, defendidos y eternamente fieles vasallos del más adorable monarca Fernando”.

Como se observa estas palabras no sugieren la idea de Independencia ni al más encarnizado defensor de ella.

Se eligió como Presidente de la Junta, por aclamación, a Mateo de Toro y Zambrano, de 83 años y quien, hasta su muerte en febrero de 1811, no se le pasó por la mente que con su gesto inauguraba el gobierno autónomo del país. Vicepresidente fue el Obispo de Santiago José Antonio Martínez, quien a sus 79 años no iba a renegar de su convicción realista. De esta forma, los más altos cargos quedaron en manos de enconados devotos del Rey y de la Iglesia, éste última, su incondicional defensora.

Todos los documentos oficiales emanados después de Septiembre de 1810, tenían como encabezado la adhesión a la corona y que tal o cual acto se hacía en su nombre y en resguardo de su reinado. El congreso convocado en marzo de 1811 (que es hoy celebrado como el primer Congreso Nacional y se le ensalza como el inició de la legislatura en el país) eligió una mayoría importante de monárquicos. De manera que la elección de Santiago debía definir la situación, pero el Coronel realista Tomás de Figueroa intentó detener la elección y fue hecho fusilar por su amigo Martínez de Rozas, quien aún no encontraba su camino político.

Pero los actos del 18 de septiembre no quedaron en los límites de la capital. Rápidamente se enviaron pliegos a todos los pueblos y villas del sur: los cabildos de Curico, Talca, Linares, Parral y Cauquenes proclamaron devoción y lealtad a la junta y al Rey.

Constituido el Congreso, el 4 de julio de 1811, el juramento de sus integrantes era bastante expresivo y no dejaba lugar a dudas: “¿Juráis obedecer a Fernando VII de Borbón, nuestro católico monarca? ¿Juráis defender el reino de todos sus enemigos interiores y exteriores…? “Si, Juramos”, contestaron los flamantes electos.

El primer atisbo de libertad surge con la llegada a Chile, desde España, de José Miguel Carrera y Verdugo a mediados de 1811. Poco se ha dicho que combatió en trece acciones junto a los españoles en contra de los franceses. Fue herido en la batalla de Ocaña, donde participó a las órdenes del General Juan Carlos Areizaga. Vio, con admiración, como un cabo de las fuerzas hispanas, pasó entre balas y espadas para rescatar la bandera española, o como un soldado, desangrándose, gritaba “Viva Fernando VII”, en gestos que, años más tarde, serían también emulados en la guerra de 1879.

Al llegar a Chile, tiene clara la idea de la Independencia: se la han enseñado los propios peninsulares. El 4 de septiembre de 1811 inicia sus acciones más temerarias: apoderarse de los regimientos. Un año después, el 27 de octubre de 1812, con las riendas del poder en la mano, le da a Chile tres elementos básicos: una bandera – de tres franjas como la que defendió en España – un escudo de armas y lo más inquietante para los monárquicos: un reglamento constitucional: en él se dice que ninguna orden emana de fuera del país, deberá set obedecida en Chile y quienes lo hagan, serán acusados de traición.

Es, evidentemente, una declaración de independencia. Al saberlo el Virrey del Perú, dispone el inmediato envió de fuerzas militares al país. La guerra por la libertad empieza de verdad. La independencia también.

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3 Comentarios

Imagen de Pedro Piedra

Don Fernado: El auto que

Don Fernado:

El auto que tiene, su TV, su PC, los electrónicos de su casa, la ropa que usa ¿son hechas en Chile?.

¿O desea aún seguir viviendo en rucas y cazando con arcos y flecha?

Celebramos ser un país, con libertad, paz, democracia y desarrollo.

Además, lo que se plantea es historia, no economía.

Le recomiendo: Unas gotitas de UBICATEX antes del desayuno.

Imagen de Fernando Valenzuela

Veamos..agua,energia,telecomunicaciones,riquezas mineras,forestales,educacion,AFP,carreteras,etc,todo en poder de extranjeros...hay algo que celebrar?..

Imagen de Ricardo Lorca

Interesante lo dicho, pero

Interesante lo dicho, pero ¿Lo saben èsto nuestras autoridades, profesores y quienes nos hablan de celebrar 200 años de libertad?

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