Universidad de Chile: Un justo campeón vestido de fútbol

Más allá de los embrollos y roces acontecidos en la final del Torneo de Apertura 2011, Universidad de Chile tuvo el mérito suficiente para coronarse campeón: en cada frente que se presentó, jamás traicionó su ambición de ganar.

Imagen de Felipe Abarca
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15 de Junio, 2011 01:06
Foto: Udechile.cl

Después de observar la última final del domingo pasado, no puedo decir otra cosa que declararme anonadado frente a lo demostrado en cancha por Universidad Católica. Y es que no termino de convencerme cómo un equipo que es protagonista absoluto del torneo, con un esquema claro en su propuesta futbolística, capaz de hacer frente a cualquier equipo en el medio nacional e internacional, prácticamente con 2 planteles de excelente nivel, logra llegar a una final con angustia (después del segundo partido con U. La Calera) y un fútbol extraño en los playoffs; y en la finalísima, cuando debía ratificar todo lo bueno, toda la experiencia, todo el trabajo hecho en el semestre, entra con una ansiedad pocas veces vista en este equipo, sobrepasados de revoluciones, convirtiendo errores infantiles y a la postre, facilitándole las cosas a una Universidad de Chile que, si bien es un justo campeón, en lo futbolístico no fue superior a la UC. Permítanme desglosar mis argumentos. Me referiré (para ser justos) en primer término a los azules, y concluiré con el tema central de este artículo, que es precisamente el fútbol exhibido por los cruzados, o la falta de él.

Universidad de Chile es un equipo que tuvo mérito para llegar a esta final, porque siempre jugó en un esquema ofensivo, concretó 50 goles en el torneo regular, jugó lindo y para el espectáculo, además de ser efectivos en la consecución de los puntos. La hinchada azul agradece que su equipo les regale partido a partido esa mística tan propia del fútbol, que es precisamente ir en busca del gol, para gritarlos con todo, y para gozarlos aún más si éstos significan la victoria. Fieles a ese esquema, llegaron a embocar 7 goles a O’higgins en plena semifinal.

Cuando la UC se resguardaba y casi quedaba fuera de la final por las constantes amenazas de Unión La Calera; los católicos se sostenían del pobre 1-0 en San Carlos de Apoquindo. Mientras, la U iba una y otra vez tras el arco rival, arriesgando lesiones, cansancio, desgaste. Ya estaba asegurada la clasificación hace rato, por lo que podrían haber guardado sus fichas para la final, pero nunca desistieron de ello.

Llegó la primera gran final, y la U entró a hacer su juego con mucho gasto físico, que es difícil de sostener durante todo el cotejo. A tontas y a locas, buscando como fuere el pórtico contrario, se dejaron caer en la mitad de terreno de la UC una y otra vez, frente a un adversario que leyó inteligentemente la circunstancia del encuentro, y supo esperar el momento exacto para asestar los golpes de gracia que significaron que Universidad Católica se llevara la primera manga con una ventaja de 2 tantos, que en primera instancia dejaba muy compleja para la U la consecución del título Nº 14.

Sin embargo, tomando lección de aquello, en el segundo partido los laicos supieron poner la pausa necesaria a todo ese vértigo, sin renunciar a él, y percutir como una constante amenaza sus llegadas al área, que en principio eran muy bien contenidas por Toselli, y que de a poco hicieron mella y descontrol total para la escuadra de la franja.

Este es el verdadero valor de Universidad de Chile: golpear psicológicamente al rival hasta hacerlo caer en el descontrol absoluto, para llevarse finalmente de la mano de su fútbol ofensivo, de su ambición por ganar, de su esfuerzo notable e infatigable, todo el honor y su décimo-cuarta estrella. Por ello, y por brindar al público un espectáculo siempre lindo, siempre digno, siempre bello, es que hoy son los merecidísimos campeones.

El otro lado de la moneda es digno de un análisis mayor. Universidad Católica (lamentablemente), cayó en un inexplicable conformismo en la postemporada. Desde que “acabó” su tarea de clasificar primeros para el cupo de la Nissan Sudamericana, pareció ser que hubiese cumplido con todos los objetivos de esta mitad de año. Y los cuatro partidos jugados hasta las semifinales sólo vienen a reafirmar esta teoría, la que dice que la UC jugó con las matemáticas, con lo hecho en la primera parte, sin mucho fútbol, sin espectáculo, por inercia, al justo, sin arriesgar mucho, a riesgo de perderlo todo por el exceso de pragmatismo, cosa que finalmente sucedió. Ya se vio con Colo Colo, y se notó más con La Calera. Con la salvedad que los albos tuvieron muy poco para hacer daño, mientras que el conjunto de la provincia de Quillota hizo más méritos para quedarse con el pase a la final, y cuyas deficiencias a la hora de definir le costaron caro.

En el duelo de ida, los cementeros ganaban 2-0 antes de los 30 minutos, y sólo de la mano de Mirosevic (que empujó para encontrar un cabezazo monumental a los 36’) se decretó el 2-1 final. En el trámite del partido, la UC se aferraba al 2-1, sabiendo que no era un mal resultado de cara a la vuelta, mientras se resignaba a observar (defendiéndose como gato de espaldas) cómo llegaban Pozo, Barriga, Bahamondes, Carreño y Risso, amenazando con estirar la ventaja para los locales. En la revancha el combinado estudiantil pasaría a la ronda definitiva ganando por cualquier resultado. Sin embargo (y otra vez) el buen fútbol no llegó, y corrían los minutos sin acertar un solo tiro durante todo el primer tiempo. Hasta que Enzo Andía se vistió de héroe para encontrar, en un tiro libre de Marcelo Cañete, el único tanto salvador de todo el pleito. El resto de la brega fue una majamama que no cuajaba ni juntaba. Indecisiones en el área, pases erráticos, concesiones en defensa que hicieron sufrir y contener la respiración; y lo peor de todo, una falta de claridad ofensiva que hacía dudar si lo que sucedía era una estrategia para mantener el 1-0 a como dé lugar, o realmente una sequía de fútbol e ideas, lo que en sí mismo era mucho más preocupante, pensando que en la ronda final estaría al frente el “Romántico Viajero”.

Nuevamente, la Católica estimó más conveniente resguardar una meridiana ventaja que jugársela a fondo por ahondar las diferencias. Nunca logré entender la idea de administrar un resultado cuando es tan pequeño el margen a defender contra un equipo con tanto volumen ofensivo. El entrenador señaló que para enfrentar a los azules, iban a recurrir a su juego… ¿Y qué significaba eso precisamente? ¿Hacer 1 gol roñoso y cerrarse en el fondo, al estilo candado suizo? ¿Así íbamos a jugar con la U? En mi columna anterior yo mencionaba el estilo de Barcelona, y fui criticado con el argumento que no eran comparables. Bueno, tal vez fue demasiado caricaturesco, lo concedo. Miremos en nuestro país entonces, cómo un cuadro como Universidad de Chile es capaz de no renunciar nunca a su vocación ofensiva, y logra llegar a la final con esa voracidad por el triunfo. Es un equipo que triunfa, juega al máximo y ofrece un bello concierto de fútbol.

Vergüenza me hubiese dado salir bicampeones echados atrás, a lo Tolo Gallegos, a lo Mourinho. Que hay que resguardarse, está clarísimo. Que hay que buscar con calma la fisura del rival, por cierto. Que hay que jugar todas las fichas disponibles para ganar, me parece imperativo. Porque a la larga, los partidos se ganan con más goles en el arco contrario, y no sólo evitar a toda costa que te vengan encima. Es una postura demasiado cómoda, simplista y peligrosa a la vez.

Y si a todo lo anterior, le agregamos una puesta en escena impresentable, peor aún. Universidad Católica entró con la mostaza revuelta al partido, con un nerviosismo incomprensible en una escuadra con la experiencia que otorgaba la Libertadores, y con la ventaja deportiva que suponía llegar 2-0 en el global. Si la UC fue superior durante el torneo realmente, entonces tendría que haberlo demostrado en la final. Y convengamos que la 2ª final fue un asco. Irreconocible, hasta ahora no me explico cómo un equipo que hace todo bien durante el semestre, llega a esa final tan ansioso y comete todos los errores que no cometió antes. 2 Penales infantiles, tanta tarjeta amarilla evitable, patadas criminales sin sentido (como la de Parot, que califica como para “voladora del año”), en vez de hacer su fútbol y esperar el momento preciso. 3 goles de diferencia que debía conseguir la U, y que la UC no supo administrar. Costa fue en parte responsable del comienzo del fin. La primera amarilla fue estúpida, una falta sin pelota, absurda e innecesaria. La segunda, justificada tal vez, pero ya tenía una así que roja no más. De ahí, el partido fue otro, y sabemos el final.

En síntesis, señores, más allá de las dudas arbitrales (que no las tengo, porque Ormeño y Valenzuela jugaron gratuitamente gran parte del partido por sendas faltas que bien podrían haber dejado a la UC con 7 hombres); más allá del fútbol ficción, de si no hubiesen echado a Costa, o si le hubiesen cobrado el penal a la UC, que no vio ni Osses ni su asistente, habría sido otro partido; me quedo con lo concreto.

La escuela del esfuerzo v/s la escuela del conformismo. Un equipo que propone v/s otro que reacciona. La remontada del año v/s el papelón del año. ¿Tuvo méritos suficientes la U para quedarse con la llave y el campeonato? Sí… ¿Fue sólo gracias a su juego? No… Universidad Católica colaboró con 2 penales, 1 autogol, 2 expulsados y muchas dudas en todas las líneas para el título de los azules. Más que una final ganada por Universidad de Chile (mis respetos para todos ustedes), fue una final perdida y concedida por Universidad Católica. Porque cuando la U tuvo 2 hombres más y 20 minutos para abultar sus cifras, no supo hilvanar con claridad un golpe de knock-out certero. Incluso en ese espacio de tiempo, Universidad Católica pudo encontrar el gol que salvara su ignominia. Y en el tramo final de la finalísima, se vio a un cuadro azul casi pidiendo la hora, al perder por expulsión a Canales, su principal lumbrera en el desarrollo del gol, y ahogado en su propio terreno por un cuadro de la franja desesperado, pero que no alcanzó a concretar a pesar de jugar con todos arriba.

¿Cómo un equipo puede cambiar tanto entre una final y otra? Es una duda que concitará mis cavilaciones de aquí a buena parte de tiempo más.

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Imagen de Carlos Aguilar

La Católica debiera cambiar

La Católica debiera cambiar su nombre a HomeCenter....siempre quedan atrás del Líder....juajuajuajua

Pasando al tema en comento, que incoherencia señalar que el campeón tuvo el mérito suficiente para ganar la Copa y acto seguido decir que se ganó solo por errores de las Ursulinas, los errores acaso no los desencadenó el juego ofensivo de la U? Por otra parte, es digno de destacar el enorme sentimiento del pueblo azul, que le enseñó a todos los demás equipos como se ama la camiseta, la identificación con los colores azules fue tal, que a las 7 de la mañana, después de haber perdido 0-2, ya estaban apostados 7 mil azules para comprar su entrada para la final, que nivel de convicción ¡¡¡  y la lección de humildad para los cruzados, la soberbia se paga cara, y el cotillón es para el campeón

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