Dilemas éticos
Permanentemente estamos sometidos a dilemas éticos que tendemos a soslayar por comodidad, por evasión, por conveniencia atrapados en un ambiente que promueve el individualismo, el hedonismo, el sálvese quien pueda.
Permanentemente estamos sometidos a dilemas éticos que tendemos a soslayar por comodidad, por evasión, por conveniencia atrapados en un ambiente que promueve el individualismo, el hedonismo, el sálvese quien pueda. Digámoslo con todas sus letras: nuestras varas éticas están por los suelos. Ni nos arrugamos cuando caemos en falta, y si somos descubiertos, las justificaciones afloran sin asco alguno.
En este ambiente, la corrupción encuentra tierra abonada, y no hay sistema regulatorio ni Estado que se salve, puesto que serán capturados por quienes detenten el poder. Y si la ética de éstos está en los mínimos, Sodoma y Gomorra campearán.
No se trata de un tema banal independiente de las crisis que periódicamente nos azotan, sean estas políticas, militares, económicas, sociales, educacionales, sanitarias o ambientales. Muy por el contrario, estas tienen su origen en que las barreras éticas están muy bajas, o son prácticamente inexistentes.
Poderosas cadenas farmacéuticas se han coludido para incrementar sus precios sin miramientos. Lo que debiera verse como un servicio en beneficio de la salud, es visto como un negocio redondo. No les es suficiente obtener rentabilidades de mercado, necesitan más, necesitan rentabilidades monopolísticas. Quienes están involucrados en la colusión son personajes de la alta sociedad, provenientes de familias de alcurnia y formados en prestigiosas universidades que les han enseñado a lucrar, a medrar, a ser servidos, no a servir. La ética se la meten al bolsillo. Lo mismo que en La Polar, donde los máximos ejecutivos, sin pudor alguno hicieron su propio negocio a costa de las necesidades de la población.
Un comportamiento ético pone el acento en el beneficio de los demás, en los que nos rodean, antes que en el propio. Vivimos tiempos en los que la ética parece no rentar, a diferencia de los comportamientos no éticos, o corruptos. Desafortunadamente, por este camino, el final es previsible: el derrumbe, la crisis.
Cuando quienes tienen el poder de decidir qué hacer, optan por lo que sus respectivos códigos éticos les ordenan. Si éstos no existen o son bajos, los rastreros son los beneficiados y pululan alrededor de los sátrapas, degradando a los países, las instituciones, las personas. Por el contrario, cuando la ética es la que rige nuestras conductas, las personas se dignifican, prestigiando a las instituciones en las que trabajan.
El verdadero desarrollo no tiene que ver solo con el progreso material, sino con que las decisiones estén guiadas por una ética intachable.


