Cultura deportiva y Crossfit: Cambiando el paradigma entre el deporte y la mujer

01 Diciembre 2020

No quiero convertir esto en la guerra de los sexos, porque ésta ya se jugó en 1973 y la ganó Billie Jean King (lo siento muchachos).

Constanza Abásolo >
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Lo que quiero señalar acá es que necesitamos cambiar el paradigma completo desde el cual se ha entendido la relación entre el deporte y las mujeres. Para esto existe un deporte bastante joven que ha logrado generar una cultura deportiva totalmente diferente. Ese deporte es el Crossfit.

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El Crossfit tiene unos 20 años y su competencia máxima son los Crosffit Games, realizados todos los años desde el 2007. La finalidad de estos juegos es buscar al deportista, hombre y mujer, más apto. ¿Apto para qué? Para lo que sea. Los atletas compiten en diferentes circuitos de pruebas que miden su resistencia cardiovascular y respiratoria, fuerza, flexibilidad, potencia, velocidad, coordinación, agilidad, equilibrio y precisión.

El atractivo de los Crosffit Games es precisamente eso: ver a los atletas más preparados del mundo realizando pruebas físicas agotadoras que exigen el máximo de sus cuerpos. Pero lo diferente del Crossfit radica en otro lado: es, extrañamente, un deporte igualitario. ¿Qué quiero decir con esto? Que las y los atletas participan en las mismas pruebas, los mismos días, en el mismo lugar.

Los eventos son transmitidos de forma igualitaria y, ojo aquí, hombres y mujeres tienen los mismos premios en dinero; sí, leyó bien, ganan lo mismo hombres y mujeres. Y acá ningún hombre se ha muerto, como muchos pueden creer, porque reciben el mismo salario que ellas.

Sara Sigmunsdottir es la estrella femenina del Crossfit. Sus casi 2 millones de seguidores en Instagram la respaldan; su carisma desbordante la convirtieron en la favorita del público. Si se puede definir a Sara con un adjetivo sería fuerte; ella es lisa y llanamente puro musculo. Rompe con todo lo que el estándar de belleza quiere para la mujer: no tiene curvas, no es pequeña, no es delicada, ocupa espacio, dice lo que piensa, tiene cayos en las manos, el pelo revuelto cada vez que entrena y puede levantar más de 100 kilos sobre su cabeza. 

Siempre comenta que tenía sobrepeso cuando era adolescente, que no participaba en las clases de educación física, que no le gustaba transpirar ni ponerse roja y que le daba vergüenza tener tanta fuerza. Aquí radica la popularidad de Sara: todas alguna vez hemos pensado como ella o sentido vergüenza por las mismas cosas que le incomodaban. Sara no practicó ningún deporte hasta que encontró el Crossfit y no miro atrás. Rompió con todos los prejuicios y los estándares que la tenían detenida; abrazó su fuerza y, en vez de avergonzarse de ella, sacó todo el provecho posible. Ya no le importó transpirar, ni andar despeinada, ni ser musculosa. El Crossfit la redefinió y le permitió vivir como atleta profesional, tener auspicios de Nike y de Volkswagen. Le permitió cambiar la mentalidad en hombres y mujeres sobre el cuerpo femenino, sobre lo que podemos llegar a lograr con él. Sara se tomó el espacio, salió de la periferia y ahora brilla en el centro.

Las invito a ver cinco minutos de una competencia de Crossfit y a romper los prejuicios sobre esos cuerpos. Las invito a realizar alguna actividad física para retomar el control de los nuestros, no para el disfrute de otro, sino del propio. Las invito a dejar la periferia a la que hemos sido relegadas y dar un paso al centro. Las invito a destruir ese modelo absurdo del cuerpo femenino y a construir uno donde el movimiento no esté prohibido y sea, como dice Galeano, por el puro goce del cuerpo, que se lanza en la prohibida aventura de la libertad.

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