Corazones morados: Nosotras contra la justicia patriarcal

26 Agosto 2020

Hemos vivido semanas álgidas desde la perspectiva política, social y también desde la óptica feminista. Meses históricos sin duda, partiendo por el estallido social, la aprobación del retiro de los fondos previsionales, un nuevo cambio de gabinete y mucho más.

Josefa de la Jara >
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Qué horrible esta pandemia y este año en general, por mucho optimismo que quisiera sentir y compartir, a veces me resulta duro solo leer las noticias en las mañanas. Me enrabia, entristece y frustra, no obstante me fortalece.

Hemos vivido semanas álgidas desde la perspectiva política, social y también desde la óptica feminista. Meses históricos sin duda, partiendo desde el estallido social y los eventos más recientes como la aprobación del retiro de los fondos previsionales; un nuevo cambio de gabinete; el proceso apresurado de desconfinamiento en las comunas en cuarentena y el golpe más fuerte del feminismo de las chilenas en la última década a la justicia patriarcal de nuestra nación, cuando en menos de un día de resolver la prisión domiciliaria a Martin Pradenas, la decisión se revocó, determinando al día siguiente su prisión preventiva. Esto posterior a multitudinarias manifestaciones a lo largo del país en que exigíamos con gritos de fiereza y rabia ¡no más impunidad a los violadores y abusadores sexuales!

En nuestro querido e histórico Conce, nos reunimos un centenar de mujeres, niñas y disidencias en la ahora, emblemática rotonda Paicarrera, lugar de encuentro de diversas manifestaciones políticas. Ahí, apasionadas todas, con nuestras pañoletas moradas, pancartas, la cacerola, la bici y el grito de rabia hacia un depredador sexual, que como tantos otros quedaba libre y hacia un sistema jurídico y penal machista.

Antonia es una más de muchas hermanas que hemos sufrido algún tipo de agresión sexual pero que, a diferencia de ella, no tuvimos la voz para gritarlo. Y si lo hicimos, nos cuestionaron, nos hicieron sentir culpables, protegieron a nuestros agresores, o se ocultó como secreto familiar. Antonia fue víctima también de esos cuestionamientos. Esa semana, nuestros cantos se alzaron al unísono al largo y ancho del territorio nacional.

Por ella, por mí, por nosotras y por todas.

También gritamos en memoria de las que aún no reciben justicia, en recuerdo de las disidencias sexuales que han sido inviabilizadas y de los sectores más vulnerables donde los medios no llegan a cubrir sus realidades.

Al poco andar, y sin alcanzar a celebrar este pequeño triunfo, vivimos la desaparición de Ámbar Cornejo. Fuimos testigos de la cobertura morbosa de su caso, en que, al igual que Antonia, solo el grito de sus amigas, la unión de la gente que la cuidó y el alzamiento de las redes de mujeres que estamos a pie de guerra contra la violencia machista, logramos difundir su búsqueda, con el lamentable desenlace conocido ya públicamente.

¿Y de qué nos enteramos? Que su violador, torturador y asesino era un homicida en libertad condicional, que no cumplió ni la mitad de su condena por el cruento asesinato de su pareja y su hijastro. Un sujeto que debía seguir preso.

Como efecto dominó se expusieron a homicidas que hoy caminan por las calles en las mismas condiciones que lo hacía Hugo Bustamente, libres, sin cumplir sus condenas a cabalidad y conviviendo en la sociedad impunemente.

Más recientemente, la muerte de Norma Vásquez, por parte de quien había sido su superior, un carabinero también. Cuya orden de alejamiento de nada sirvió. Una institución que no cuidó de ella, demostrando así su estructura machista y represiva. Hemos sido nuevamente nosotras, las feministas las que alzamos la voz por ella también.

¿Qué nos está diciendo la justicia? Me lo imagino algo así: “Oye, tu vida no me importa, es tu problema, cuídate sola”.

Un mandato patriarcal que nos enseñan desde pequeñas.

Esas semanas cosechamos la certeza de la importancia del poder popular, evidenciamos nuestra rabia y sobre todo, nuestra unión, nuestra sororidad, la complicidad, la hermandad, el apoyo y la subjetividad personal existente entre mujeres que nos permite sumar y crear vínculos que configuran un punto de encuentro entre nosotras, conduciéndonos a destruir la misoginia de nuestra cultura.

Es ahí donde se amplía el alcance de nuestras reflexiones y experiencias, en que como mujeres nos hemos ido encontrándonos, reeducándonos y madurando nuestras personalidades orientándonos a un fin común, manifestado hoy en exigir una nueva justicia feminista. Porque, parafraseando a Simone De Beauvoir, lo político es una forma de vivir individualmente, para vivir colectivamente.

Y colectivamente gritamos ¡justicia para todas!, para Anna Cook, para Nicole, para Josefa, para Lisette, para Antonia, para Ámbar, para Sofía, para Norma. Todas víctimas no solo de sus agresores sino también, de un sistema que no nos protege ni nos garantiza el derecho legítimo a ser y vivir libres.